Mucho ambiente durante la presentación de la exposición.
Mucho ambiente durante la presentación de la exposición.

EXPOSICIÓN DE ROCÍO MORENO EN LA GALERÍA PASSAGE DE AYAMONTE

Por Javier Losa
05-05-2017 Exposiciones

Hacia algún tiempo que parecía como si las muros estuvieran vacios, como si hubiera terminado la época de ver metidas entre cuatro paredes las sensaciones que tiene el artista, cuando encierra en un lienzo su creación. Y es que hemos tenido que asistir a una inauguración, para recordar todo aquello que habíamos olvidado en no se sabe cuántas primaveras. Ha sido como si hubiéramos invernado de manera inconsciente a la recreación, a la muestra de lo último que hizo el artista, a la muestra de su obra más desconocida.

Pero se produjo la ruptura y hace unos días asistimos a la subida del telón de una exposición que se nos muestra nueva, distinta, fresca pero que a la vez nos recuerda a trabajos vistos en alguna ocasión o intuidos de manera efímera en nuestra mente. Era en la Galería Passage de Ayamonte, donde día tras día se habla de manera distinta en el lenguaje cromático y de las formas. Éramos testigos de una nueva exposición de la autora onubense Roció Romero, aunque era la primera vez que se nos mostraba en Ayamonte con su obra más reciente y más querida.

Roció es licenciada en Bellas Artes habiendo alterado su aprendizaje entre Sevilla y Madrid. Especializada en pintura y dominadora de la traducción más original de la realidad al lienzo. En estos 25 años transcurridos desde la finalización de la carrera y nuestros días, hay silencios y manchas, lienzos repletos de vida y otros tantos olvidados en algún rincón de su estudio. Pero ahora, desde hace algunos años tiene una cita diaria con la inspiración y una pelea noble con las telas en blanco, para transformarlas en sensaciones nuevas y coloristas. Se mueve entre lo realista y lo figurativo, entre la pincelada corta y la más extensa, pero es capaz de llevar a una tela lo que termina de ver y observar en su entorno más próximo.

Su exposición equilibrada por el tamaño y la temática, juega con colores suaves y familiares a la vista y hace encajes de bolillos con el dibujo, y no se cansa de jugar con el color hasta darle el tono justo y preciso. Constante y seria, no deja el lienzo o la tabla hasta que ha dado buen final de su composición. Y últimamente, se decanta por el acrílico distribuido adecuadamente por el lienzo o la madera y lo hace normalmente, cuando la tarde asoma a su reloj biológico, cuando la fuerza de la luz ofrece ese equilibrio que le permite poner música o mas curiosamente aun, escuchar biografías de grandes maestros o lecciones de cómo ajustar el color o distribuir las líneas correctamente en un soporte cualquiera. Son formas que se cruzan en su mente a la misma vez que crea, en el mismo momento que investiga a fondo todo cuanto acontece frente a ella.

Y con un recorrido pausado, entre conversaciones de mayor o menor elevación de voz, se puede uno distraer, recrear o sorprender ante las imágenes de críos que duermen sin hacer ruido o que miran el mar en el mayor de los silencios. Puertas que permanecen cerradas ante el paso del tiempo, señales de tráfico suspendidas del espacio o paralelas a ellas y paisajes que dan esa sensación de silencio y paz que deben estar en lucha con las voces que rodean a la autora cuando crea. Por encima de todo, Rocío logra una definición del color y de verdad de unos árboles en flor, que trasladan al espectador a los campos más deseados de la primavera más cercana.

 

Y mientras esta muestra se nos ofrece hasta mediados de mes, la autora ya tiene en mente la próxima exposición bien sola o junto a su amiga Sánchez Ruda, en Sevilla o Madrid, pero nosotros aprovechamos la oportunidad y dejamos algunos versos que se vayan de la mano de cualquiera de estas obras tan especiales.